«Duele mucho, porque no sabes cuándo volverás a ver a los tuyos”

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El lunes 2 de Agosto iniciamos por segunda vez un viaje larguísimo a Colombia.

Saliendo desde Barquisimeto y con destino final en Quibdó capital del departamento de El Chocó, la entidad más deprimida económicamente hablando de la nación hermana y además es la ciudad de América en la que más llueve anualmente.

El periplo implica ir de Barquisimeto a San Antonio del Táchira, en semana de flexibilización, esa primera etapa que debería durar máximo 10 horas se convierten en 12/ 14 horas gracias al empeño de la PNB ó la GNB de pedirle la cédula a todos los pasajeros de todas las busetas por lo menos 14-15 veces!

Es un psico-terror que tiene como único fin que los pasajeros y conductores de la buseta ya obstinados reciban de buena gana el “dame tanto y te dejo seguir tranquilo”.

Ya en San Antonio del Táchira pues busqué la trocha por la cual va a pasar a Cúcuta, le van a cobrar en pesos colombianos pero para ir seguro es mejor pagar la “prote”, no le vayan a decomisar los guerrilleros o paramilitares colombianos o los malandros venezolanos que circulan por las trochas lo que usted le lleva a los suyos -en mi caso-  caraotas, cocuy, gorras de la vinotinto y chocolate venezolano.

“Estando en Cúcuta, pues cambie dólares a pesos, tome un libre amarillo y váyase al terminal rápidamente, usted con esos bolsos y la cara de venezolano puede ser presa fácil de cualquier colombiano de quienes salen cada mañana a pescar a alguno de nosotros y embaucarlo, estafarlo ó robarle lo que lleve”.

En mi caso, la segunda etapa del viaje la representó tomar un súper autobús a la hermosa ciudad de Medellín, (16 horas de recorrido) y finalmente otro viaje de 6 horas hasta Quibdó!

Y al llegar escuchar: Papá! En la voz de tu hijo quien te abraza con la fuerza que implican casi 2 años de ausencia, de separación.

36 horas de viaje, de insomnio, soy de quienes no duerme en autobuses por 2 razones fundamentales: No concilio el sueño si no me acuesto y tampoco duermo vestido, ninguna de estas condiciones aplican en un colectivo.

Y sin embargo, todo el cansancio desaparece al ver a tu hijo, a tu muchacho sonriente, feliz y emocionado a más no poder porque por fín papá está de visita, y  luego en un viaje cortito en moto pues llegar donde la tropa completa te esperaba desde hacía varias horas: otra hija, los nietos, dos hijos políticos, una tía de mis hijos, un compadre de mi muchacho junto a su esposa embarazada y el retoño de ellos.

Una docena de venezolanos que están tan lejos, sólo porque en esa pequeña localidad colombiana pueden lograr lo que en Venezuela resulta imposible para la mayoría: comer bien, pagar servicios, educación, un alquiler. EEso tan básico e inalcanzable para los venezolanos en su inmensa mayoría.

Ésta migración de los míos, la inició mi hijo Lualbert ó “Pelón” como le llamamos en familia, ya con 4 años en Colombia.

Se fue a pesar de que estaba trabajando, sin embargo no le daban los números y la familia ni siquiera comía completo. Él es aparte de excelente pelotero, entrenador de deportes mención béisbol.

En alguna visita navideña al país se llevó al compadre, luego al cuñado y finalmente la estocada_ Mandó los pasajes a la esposa quien es Licenciada en enfermería, a los hijos y luego sin uno poder detenerlos se fue mi hija, quien es profesora, su bebé y por allí se animaron otros familiares.

En Quibdó los venezolanos ya llegan a los dos mil, la mayoría andan “rapimoteando”, es decir de mototaxistas,  impresiona la cantidad de motos que circulan en esa pequeña ciudad. Gran cantidad de los nuestros laboran en el comercio, algunos en casas de familia y muy pocos han logrado ejercer sus profesiones, la condición de ilegales los limita grandemente, sin embargo han sido aceptados y cuentan con una Asociación de venezolanos en El Chocó que en parte ayuda y organiza a los nuestros.

Mi hijo, su cuñado y compadre se convirtieron en muy buenos mecánicos de motos y los tres trabajan en uno de los mejores talleres del sitio, son un gran recurso humano, ya que allí no hay nómina, sindicato ni nada parecido. Trabajan todos los días, desde muy temprano por lo menos 10 horas diarias y el negocio es por comisión.

La hija además de profesora es una excelente instructora de baile, coreógrafa y ha matado sus tigritos en gimnasios y actividades de la alcaldía, mientras que la esposa de mi hijo ante la imposibilidad de ejercer la enfermería se ha convertido en repostera y genera ingresos para la familia.

Por 12 días me desconecté de mi realidad como periodista y locutor para dar amor y atenciones a hijos y nietos, los lleve a sus escuelas, fuimos a piscinas, a un partido de softbol del Pelón quien sigue siendo un peloterazo, (los venezolanos que están en Quibdó sacaron su equipo y le pusieron Venezuela)  También los nietos practican deporte y los acompañamos.

Hicimos mercado, celebramos el cumpleaños de mi hija política, entre otras cosas.

En algún momento hablamos del regreso a Venezuela. Mi hijo buscando un sí pero confiando en mi sinceridad me preguntó: Papá, mis chamos pueden comer en Venezuela como lo hacen aquí?  Les puedo comprar ropa, calzado? Llevarlos a comer helado ó pizza al menos una vez a la semana? Hay electricidad, gas, agua? Mi respuesta fue la que podía dar: No hijo!

La respuesta de mi gente fue la lógica: entonces volver por ahora no está planteado!

Me recargué de amor, abrazos, fotos y cariño.

Pasaron los días y llegó el momento de regresar.

Todos fueron al aeropuerto de Quibdó, pudimos hacer la escala hasta Medellín en avión. La espera de más de 2 horas por momentos retrasó el ahogo de la voz, las bendiciones pedidas y echadas varias veces, el recordatorio a las madres de los timadores de quienes desgobiernan a Venezuela responsables directos de éste derrumbe nacional que ha llevado a millones de venezolanos a irse de su país.

El abrazo apretado como para lograr insertarse el uno en el otro y finalmente el adiós que duele mucho porque no sabes cuando volverás a ver a los tuyos.

Luis Alberto Hidalgo es Locutor, de Ok 101.5 fm, Profesor y Periodista.

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