La Doctora que cura a los venezolanos

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migrantevenezolanoweb@gmail.com Lo primero que pensó Anais Reyes cuando supo que el coronavirus podía mutar en pandemia fue en los miles de venezolanos que viven en Colombia y no tienen con qué comer o ir a un médico si no salen a buscar el sustento. Así nació Coronayuda, un sitio de orientación médica en línea que se transformó en plataforma de gestión de ayuda para otras necesidades.

El mundo seguía girando a su tempo.

O eso parecía. 

Anais Reyes caminaba por Sabaneta, el municipio donde vive cerca de Medellín, una de las más importantes ciudades de Colombia, y había gente en la calle, tráfico, bulla.

Se detuvo un momento a revisar su celular y encontró una noticia que la puso nerviosa.

El director de la Organización Mundial de la Salud (OMS) acababa de informar que la covid-19 podía convertirse en una pandemia.

En ese instante, tuvo la certeza de que el sonido que escuchaba a su alrededor era una canción a punto de terminar; de que al mundo le esperaba una partitura llena de silencios.

“Será horrible”, pensó.

Ya había imaginado esa circunstancia. Era el 25 de febrero de 2020. Desde enero, Anais le seguía el pulso a la catástrofe que estaba significando la propagación del nuevo coronavirus en China y en algunos países de Europa. Es médica y estudió los artículos científicos disponibles. Eran pocos, pero suficientes para comprender la gravedad del panorama que se avecinaba. Compró jabón, tapabocas, alcohol y gel antibacterial. Les recomendó a pacientes, amigos y familiares que también lo hicieran. “Lávense bien las manos, eviten besos y abrazos”. Algunos creyeron que estaba exagerando: “La China queda demasiado lejos”.

“Los médicos siempre tan alarmistas”. “Ah, pues, eso es una simple gripe”. “Por Dios, Anais, el mundo no se va a acabar”.

“El mundo no se va a acabar, pero será otro”, se lamentaba ahora que finalmente la OMS había encendido las alarmas.

Y como quería hablar, más bien desahogarse, llamó a Ignacio.

—Ignacioooooooo, nos va a llegar la pesteee. Pienso en tantos venezolanos que están mal, que no tienen cómo ir a un médico. Tenemos que hacer algo, Ignacio, pronto.

Ignacio es un caraqueño que también vive en Medellín.

Antes de migrar, se dedicó por años al desarrollo e instalación de softwares.

 Anais lo había conocido meses atrás en un evento.

Supo que él estaba al frente de Gente Capaz, una iniciativa cuyo objetivo es impulsar a profesionales venezolanos en el mundo.

Más adelante, cuando se hicieron amigos, él la invitó a sumarse a su organización. Habían hablado de echar a andar un proyecto para seguirle el rastro a los migrantes venezolanos vulnerables: saber dónde estaban, cuántos eran, precisar sus necesidades, ayudarlos.

La única pista eran los números oficiales de Migración Colombia que, al 29 de febrero de 2020, reportaban 1 millón 25 mil venezolanos en estatus irregular, 56 por ciento de todos los migrantes venezolanos en Colombia. 

Era ese número de donde salían aquellos que hoy están volviendo a Venezuela caminando porque, a falta de papeles, nunca pudieron conseguir trabajos estables ni atención médica. 

Ignacio escuchó a Anais y coincidió con ella en que su plan debía no solo acelerarse sino adaptarse a las nuevas circunstancias.

 La conversación se extendió en una lluvia de ideas. Y Anais se calmó un poco. Sintió que no tenía las manos atadas. Que ante lo que venía no estaba sola.

Anais nació a las 9:00 de la mañana del sábado 7 de junio de 1986.

Entonces su familia vivía en un campo a las afueras de Tinaquillo, una pequeña ciudad del estado Cojedes, en los llanos venezolanos.

Aprendió a caminar en un patio de tierra en el que deambulaban pollitos, gallinas y perros; jugó con los conejos salvajes que su papá le traía del monte; alimentó las babas (babillas, como les dicen en Colombia) que criaban en un estanque; sembró caobos; recogió café; piló maíz.

Cuando tenía 6 años, Antonio y Cristina, sus padres, decidieron salir de ese ambiente bucólico.

Si bien allí la vida era apacible, el estar apartados de la ciudad se les estaba convirtiendo en un problema.

Ambos trabajaban en Valencia, capital del vecino estado Carabobo, a hora y media por carretera.

 Él, en una empresa que fabricaba alambres, y ella, licenciada en enfermería, en el Hospital Central.

Estaban cansados de salir del campo antes del amanecer, con la niña en brazos, para dejarla donde la abuela, en Tinaquillo, y seguir a sus jornadas, así que se instalaron en una casa de la misma cuadra donde vivían la abuela y otros familiares que podían echarles una mano.

Lo necesitaban sobre todo ahora que la pequeña estaba por comenzar el colegio.

Anais creció feliz correteando y tumbando mangos junto a su hermana y a sus ocho primos, a quienes aprendió a querer también como hermanos.

En aquellas tardes eternas, en las que a veces jugaban a imaginar el futuro, ella comenzó a decir que cuando fuera grande ayudaría a curar a las personas: que sería enfermera, como su mamá.

—¡No, Anais!

 Usted tiene que hacer otra cosa con su vida.

Hágase médica.

Yo tengo toda la vida trabajando de enfermera y gano como obrera —le dijo Cristina al notar que pasaban los años y la muchacha seguía repitiendo aquella idea con demasiada determinación.

Y le hizo caso.

Más adelante aplicó para estudiar medicina en la Universidad de Carabobo y fue seleccionada.

Se graduó en diciembre de 2009. 

Comenzó a trabajar en cuatro sitios a la vez y a saborear eso que llaman las mieles del éxito.

“Yo, que vengo de abajo, del campo, de la zona rural, ahora soy médica, gano bien: estoy hecha”, pensaba.

Hacía mercados sustanciosos, se iba a la playa con sus amigos, tenía planes de viajar, de comprarse un carro.

Fue por eso que dilató un par de años la decisión de especializarse.

Soñaba con ser pediatra.

—Usted no sirve para eso, dese cuenta, Anais; no tiene la fortaleza —le advirtió su madre.

Se lo dijo porque durante sus estudios universitarios, cuando le tocaban las prácticas en el servicio de pediatría, la joven lloraba por las noches pensando en lo que había visto durante el día: niños frágiles y desnutridos, con enfermedades diversas, en un hospital minado de precariedades.  

Entonces cambió de parecer y escogió cardiología.

 Se sumergió en los estudios y cuando se graduó, en 2015, el país ya era otro.

Anais tenía tres trabajos.

El dinero no le rendía.

No pudo comprarse el carro nuevo porque una devaluación de la moneda diluyó sus ahorros.

Una vez, después atender a 15 pacientes, fue al supermercado y lo que ganó ese día apenas le alcanzó para granos y enlatados.

 “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”, pensó mientras esperaba para pagar.

Aunque esquivaba la opción de migrar como estaban haciendo muchos de sus colegas, se dispuso a arreglar sus documentos para irse del país. Se dijo a sí misma que era un plan B por si las cosas seguían complicándose.

Fue lo que ocurrió.

Tenía un consultorio privado que le costaba mantener. 

El gel y los electrodos para el Holter, insumos básicos para realizar electrocardiogramas, se volvieron caros y escasos.

Se le hacía difícil cancelarle el sueldo a la secretaria que la ayudaba a tomar las citas. Y los pacientes comenzaron a repetir una letanía quejumbrosa.

“Doctora, ayúdeme”.

“Doctora, le pago después”.

“Doctora, le pago con una gallina”.

“Doctora, le pago con leche”.

“Doctora, le pago con huevos”.

“Doctora, le pago con queso”.

Aun así, los atendía.

Para ellos el consultorio se convirtió en un puerto seguro, pero Anais sabía que más bien era un barco a punto de naufragar.

En octubre de 2017, los pocos pacientes que tenían bolívares en sus cuentas bancarias debían ir hasta cuatro veces al cajero para hacerse con el dinero en efectivo —que escaseaba— para pagarle.

El escritorio de Anais quedaba lleno de billetes con los que podía comprar muy poco, a veces nada. 

Un día, ante esa imagen, se convenció de que, si quería mantenerse a flote, debía enrumbarse a otro destino. 

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Escrito por Erick Lezama https://twitter.com/ErickLezama1/status/1274776888993615872

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